Sucede un martes cualquiera.
Cuando llevas días intentando que algo salga como imaginabas. Cuando das vueltas a la misma conversación, a la misma decisión, al mismo miedo. Cuando intentas controlar cada detalle porque crees que, si aflojas, todo se desordenará.
Y entonces ocurre algo pequeño.
Quizá estás regando una planta. O mirando la ventana mientras se enfría el café. Quizá simplemente te sientas unos minutos porque ya no puedes sostener más esfuerzo.
Y en ese instante comprendes que la vida ha seguido moviéndose sin tu ayuda.
La planta ha crecido.
Las nubes han cambiado de forma.
La marea ha subido y bajado.
Todo ha continuado.
Entonces exhalas.
Y por primera vez en mucho tiempo dejas de empujar.
No porque te rindas.
No porque renuncies.
Sino porque confías.
Confías en que no todo depende de ti.
Confías en los tiempos que aún no entiendes.
Confías en la parte de la vida que sabe más que tu mente.
Y en ese gesto sencillo, cotidiano, silencioso…
aparece la RENDICIÓN.
Esa lluvia que te expande sin apenas esfuerzo.
Un no esfuerzo que, tal vez, te ha llevado años.
Tal vez desde aquí nació RENDICIÓN.
Desde una mano que se dejó llevar por el pincel por un momento.
Desde un movimiento que salió sin que te importara nada más.
Desde…simplemente observar a Rendición.
Rendición. La obra que acompaña esta página.